NUEVA YORK.- Hay dos cosas que el gobierno de China quiere con desesperación. Primero, niveles altos de crecimiento y empleo, para mantener cierto equilibrio económico. Segundo, que su moneda, el renminbi o yuan, se convierta en una divisa de alcance mundial que ayude a impulsar las objetivos diplomáticos del país y a consolidar la centralidad de China para la economía mundial.

La devaluación China ha conmocionado a la economía mundial y presenta una nueva etapa en las relaciones económicas globales, que de un modo u otro eran previsibles. Con el objetivo ampliar el panorama que se presenta damos a continuación algunas notas relacionadas:

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Muchas veces, esos dos objetivos entran en conflicto. Pero ayer China logró un avance simultáneo en ambos frentes. Eso explicaría las resonantes noticias que llegan desde Pekín y que señalan que el gobierno cambiará la forma en que maneja el yuan para que la cotización de esa moneda responda más fielmente a las fuerzas del mercado.

El resultado inmediato fue una devaluación del 1,8% frente al dólar. Para el yuan se trata de una fluctuación importante, si se toma en cuenta que hasta ahora la política del gobierno era mantener una estricta franja cambiaria, cuyo cumplimiento quedaba garantizado por las restricciones legales a la transferencia de capitales y por los billones de dólares de reservas internacionales que tiene el país. En una ronda de operaciones normal, el yuan solía moverse apenas unos pocos centésimos hacia arriba o hacia abajo respecto del dólar.

Pero un 2% de caída en el valor de la moneda, aunque comparativamente grande, no representa un verdadero problema. Durante el último año, el dólar se valorizó un 22% frente al euro, y el yen su hundió un 24% frente al dólar entre fines de 2012 y principios de 2013. Lo fascinante de la jugada de Pekín es que revela el enfoque que le ha dado China a su política monetaria y su economía, y el rol a futuro de ese país en el sistema financiero global.

La economía china indudablemente atraviesa un momento difícil, o tal vez algo peor. Los índices de crecimiento de dos dígitos van quedando en el pasado y el modelo de crecimiento impulsado por la dupla inversión-exportaciones parece agotarse. La estrepitosa caída de la bolsa en los últimos meses termina de complicar el panorama. Además, están los costos ocultos de la estrategia del gobierno de mantener el yuan dentro de una franja cambiaria frente al dólar, lo que ha implicado que China no haya podido utilizar la devaluación, una herramienta crucial que usan los países cuando sus economías pierden fuerza.

Anteayer, el yuan se ubicaba más o menos en la misma cotización frente al dólar que a mediados de diciembre. Pero durante ese lapso el precio de la divisa norteamericana subió un 8,7%, lo que implica que el dólar, y por extensión el yuan, subieron juntos frente a las monedas de otros países desarrollados. Sujetar el valor de la moneda local al precio del dólar tuvo sus beneficios, pero en el último año los costos de esa estrategia fueron elevados: el aumento del yuan frente a la moneda de sus competidores y socios, justo en momentos en que los cimientos de la economía china piden que el yuan se deprecie.

Mientras tanto, China busca ocupar un rol de mayor liderazgo en la economía global, y una parte importante de esa estrategia es consolidar el yuan como moneda de reserva internacional. El dólar y el euro tienen un alcance y una utilidad que exceden ampliamente las fronteras de sus países emisores. China quisiera que el yuan tuviera una influencia similar para el comercio y las finanzas, especialmente en Asia.

Pero no es posible convertirse en una moneda de reserva mundial con la cantidad de restricciones que China insiste en aplicar. El dólar no tendría la centralidad que tiene en las finanzas globales si el gobierno de Estados Unidos declarara ilegal cambiarlo por otras monedas, con prohibiciones legales y una intervención agresiva para impedir que su valor fluctúe en respuesta a las fuerzas del mercado. En otras palabras, China quiso algunos de los importantes beneficios diplomáticos que se derivan de un yuan fuerte, pero sin pagar el precio internamente.

Hace apenas una semana, el FMI dijo que el yuan no estaba listo aún para pasar a integrar la canasta de monedas que la institución usa para “derechos especiales de giro”, un fondo de reserva conformado actualmente por una mezcla de dólares, euros, yenes y libras. Christine Lagarde, directora del FMI, dijo que la moneda china debería ser “de uso más libre”. Ayer, con su cambio de política monetaria, Pekín dio un importante paso en ese sentido.

Pero eso no implica que la movida no tenga sus costos. Un yuan más barato significa más inflación y un aumento de la carga en dólares que adeudan las empresas, lo que podría desatar una nueva ola de cierres y bancarrotas. Tal vez lo más importante sea el largo plazo, ya que si China libera la cotización de su moneda, también estará renunciando a una herramienta crucial que el gobierno ha utilizado para protegerse de las fluctuaciones de la economía global. Los dirigentes chinos se negaban a renunciar a ese poder, por eso el anuncio de ayer causó tanta conmoción en los mercados del mundo.

Pero no todos los días un cambio de política ayuda a alcanzar dos grandes objetivos nacionales al mismo tiempo. Y al parecer, cuando vieron la oportunidad, los líderes de China estuvieron dispuestos a ceder una pequeña cuota de poder, con la esperanza de obtener mejores resultados internos y de ocupar un rol más protagónico en el sistema financiero internacional.

Neil Irwin  

The New York Times – La Nacion

(Traducción de Jaime Arrambide)